El hombre sabio no consume entretenimiento ilimitado
Nunca ha sido tan fácil entretenernos como lo es hoy. En cuestión de segundos podemos ver un video, comenzar una nueva serie en Netflix, escuchar un podcast o pasar horas deslizando nuestros dedos sobre las redes sociales. El entretenimiento está disponible las veinticuatro horas del día, y precisamente por eso rara vez nos preguntamos cuánto es suficiente, y mucho menos cuánto es demasiado.
Y la verdad, no hay nada inherentemente malo en descansar o disfrutar de un momento de recreación. Considero que Dios mismo nos concede muchas cosas para disfrutarlas con gratitud. Sin embargo, el problema comienza cuando el entretenimiento deja de ocupar un lugar adecuado en nuestra vida y empieza a dominar nuestro tiempo, nuestra atención y hasta nuestros afectos.
Al pensar en eso, no puedo dejar de recordar estas palabras del apóstol Pablo:
“Todas las cosas me son lícitas, pero no todas son de provecho. Todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar por ninguna.” (1 Corintios 6:12)
Pablo establece un principio importante que podemos aplicar ampliamente a nuestras decisiones de entretenimiento. Y es que en realidad, los creyentes no debemos preguntar únicamente: ¿Está mal hacer esto o aquello? Más bien, debemos preguntarnos: ¿Esto o aquello me está dominando? Después de todo, algo puede ser moralmente permitido y, aun así, convertirse en un obstáculo para nuestro crecimiento espiritual cuando comienza a controlar nuestros hábitos y deseos.
Y no creas que escribo desde una posición superior. Esta es un área en la que todos los días debo examinar mi propio corazón. Y la evaluación es mayormente negativa muchas veces. Es muy fácil justificar horas de entretenimiento diciendo que “necesitamos descansar”, cuando en realidad estamos evitando responsabilidades, descuidando nuestra comunión con Dios o simplemente alimentando un hábito que cada vez exige más tiempo.
En nuestra cultura, las plataformas compiten por mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. Y la verdad, su objetivo no es ayudarnos a administrar bien nuestro tiempo, sino conseguir que consumamos un episodio más, un video más o unos minutos más. Entre más tiempo estemos allí, más datos nuestros recopilan y más publicidad nos muestran. Por eso, si no somos intencionales, terminaremos entregando nuestro tiempo a aquello que más lucha por capturarlo.
Eso me lleva a pensar que la pregunta más importante no es cuánto entretenimiento consumimos, sino cuánto control tiene el entretenimiento sobre nosotros.
¿Podemos dejar el teléfono a un lado sin ansiedad? ¿Somos capaces de apagar la televisión cuando ya es suficiente? Y peor aun: ¿Estamos dedicando más tiempo a entretenernos que a buscar al Señor en Su Palabra?
Esas preguntas revelan mucho acerca de nuestro corazón. Y es algo serio, porque Dios no solo te pedirá cuentas de tu dinero, sino también del tiempo que te ha confiado. Por tanto, descansa, disfruta y recrea tu mente cuando sea apropiado, pero no permitas que el entretenimiento ocupe el lugar que solo Dios debe tener en tu vida. Ten en cuenta que el hombre sabio no es necesariamente el que elimina todo entretenimiento de su vida, sino aquel que ejerce dominio propio para que ninguna cosa, por buena que sea, llegue a dominar su corazón.


