El hombre sabio no se gasta todo lo que tiene
Hay personas que, sin importar cuánto dinero ganen, siempre tienen dificultad para llegar al final del mes. He sido uno de ellos. Curiosamente, también existen las personas que, con ingresos mucho más modestos, logran vivir con tranquilidad, ahorrar y aun ser generosas con los demás. Y considero que la diferencia no siempre está en cuánto reciben, sino en cómo administran lo que Dios ha puesto en sus manos.
La Biblia nos enseña que la sabiduría también se refleja en la manera en que usamos nuestros recursos. Considera, por ejemplo, esta enseñanza de Proverbios 21:20:
“Tesoro precioso y aceite hay en la casa del sabio, pero el hombre necio todo lo disipa.” (Proverbios 21:20)
La Nueva Traducción viviente lo traduce con mucha más claridad:
“Los sabios tienen riquezas y lujos, pero los necios gastan todo lo que consiguen.”
Mira bien el contraste. El hombre sabio no consume todo lo que tiene. Sabe que administrar bien implica pensar más allá del presente. En cambio, el necio vive únicamente para satisfacer los deseos del momento. Todo lo que recibe lo gasta, sin detenerse a considerar el futuro ni la responsabilidad que Dios le ha confiado al darle recursos económicos que debe administrar fielmente.
Y claro, debo decir que esto no significa que ahorrar dinero sea un fin en sí mismo. La Biblia no promueve la acumulación egoísta de las riquezas. Más bien, creo que el punto de Proverbios es que el hombre sabio ejerce dominio propio. Entiende que no todo lo que llega a sus manos debe salir inmediatamente de ellas. Sabe esperar, planificar y administrar con prudencia. Eso es mucho más profundo que simplemente ahorrar por acumular.
Ahora bien, debemos aceptar la realidad en que vivimos. Nuestro mundo nos bombardea con estímulos al consumismo. Con frecuencia se nos hace creer que, si tenemos el dinero para comprar algo, entonces deberíamos hacerlo. Pero la sabiduría bíblica nos invita a hacer una pregunta diferente.
¿Es esta la mejor manera de administrar lo que Dios me ha dado?
Esa es la verdadera pregunta porque, después de todo, nada de lo que poseemos nos pertenece en última instancia. Somos administradores de los recursos del Señor. Y un buen administrador no piensa solamente en satisfacer sus deseos presentes. También procura honrar a Dios con cada decisión financiera que toma.
Así que, la próxima vez que recibas tu salario o cualquier otra provisión del Señor, resiste la tentación de gastarlo todo. Aparta para las necesidades futuras, sé generoso con quienes lo necesitan y administra con prudencia lo que Dios ha puesto bajo tu cuidado.
Recuerda que la sabiduría no consiste principalmente en nuestra capacidad para hacer dinero, sino en la fidelidad con la que lo administramos lo que tenemos.



