5 Verdades Fundamentales para Conocer a Dios de Verdad
¡Hola! Quiero contarte que, durante los próximos dos años aproximadamente, me he propuesto leer (o releer) algunos textos clásicos de la fe evangélica, con el propósito de profundizar en mi conocimiento de ella. Esta decisión nace de una necesidad profunda que he sentido por cimentar mucho mejor las bases de mi fe. Con tanta información disponible, quiero hacer una pausa y volver un poco a las bases que aprendí en el seminario y dialogar con estos escritos.
Con frecuencia, al escuchar a predicadores y teólogos evangélicos, noto que suelen mencionar ciertos libros que se han convertido en verdaderos clásicos (tanto antiguos como modernos) dentro del cristianismo evangélico. Por ejemplo, Confesiones de Agustín de Hipona, Hacia el conocimiento de Dios de J. I. Packer, La santidad de Dios de R. C. Sproul y La cruz de Cristo de John Stott. Tengo una lista extensa de libros como estos.
Así que he decidido comenzar este hermoso camino con dos librazos: Confesiones, de Agustín de Hipona, y Hacia el conocimiento de Dios (también publicado en español como El conocimiento del Dios santo), de J. I. Packer.
Es precisamente en este segundo libro donde he encontrado cinco verdades fundamentales que debemos tener en cuenta al acercarnos al conocimiento de Dios. Funcionan como presuposiciones, una base sólida sobre la cual podemos edificar nuestro entendimiento del Ser más importante de todos, el único Dios verdadero (Jn. 17:3).
Las presuposiciones son inevitables; todos las tenemos. Por eso, si son firmes, también lo será nuestro aprendizaje. Es cierto que alguien podría decir que estas presuposiciones están siempre sujetas al conocimiento que adquirimos en el proceso. No tengo objeción a eso. Sin embargo, considero que estas en particular son sanas y necesarias, ya que han sido sostenidas, de una u otra forma, a lo largo de la historia del cristianismo.
En su libro, Packer afirma que “la ignorancia de Dios —tanto de sus caminos como de la práctica de la comunión con Él— está en la raíz de gran parte de la debilidad de la iglesia actual”.1 Por eso, en el primer capítulo, presenta cinco verdades fundamentales que sirven como principios orientadores en la búsqueda del conocimiento de Dios. Como he mencionado, no son simples ideas teóricas, sino cimientos firmes sobre los cuales se construye un conocimiento sólido de nuestro gran Dios.
Aquí están, en negrita, seguidas por una explicación que he querido añadir, para ver cómo estas verdades están en la Biblia y son coherentes con el cristianismo.
Primero, Dios ha hablado al hombre, y la Biblia es Su Palabra, dada a nosotros para hacernos sabios para la salvación.2
El cristianismo es una religión que descansa en la idea de que Dios se ha revelado a los seres humanos (Ro 1:19). No vamos hacia un descubrimiento de Dios, sino que él viene a nuestro encuentro en su revelación. Si no fuera por esta auto-revelación de Dios, vagaríamos en la ignorancia y condenación eternas. Pero Dios, en su gracia, se ha querido revelar por medio de su Palabra. Aunque en el pasado se reveló de muchas maneras a distintas personas (He. 1:1), hoy su revelación salvadora está contenida en las Sagradas Escrituras, las cuales nos hablan acerca del evangelio de su Hijo (He. 1:2; 2 Ti. 2:15).
Segundo, Dios es Señor y Rey sobre Su mundo; Él gobierna todas las cosas para Su propia gloria, mostrando sus perfecciones en todo lo que hace, a fin de que los hombres y los ángeles le rindan adoración y alabanza.3
Aunque ahora el mundo vive en un estado caído y está sometido a la influencia espiritual de Satanás y sus aliados (1 Jn. 5:19), en última instancia es el Señor quien gobierna sobre todo como Rey y Señor (Sal. 103:19). Él hace lo que le place, tanto en la naturaleza (Sal. 135:6) como en los seres vivos (Daniel 4:35). Los cielos y la creación en general proclaman su gloria (Sal. 19:1), su poder y su naturaleza divina (Ro. 1:20). Por lo cual, todos los seres vivos deben alabarle (Sal. 150:6) como el Dios creador y sustentador de todas las cosas (Ap. 4:11).
Tercero, Dios es el Salvador, quien actúa con amor soberano a través del Señor Jesucristo para rescatar a los creyentes de la culpa y el poder del pecado, para adoptarlos como hijos suyos y para bendecirlos.4
Como bien han indicado varios escritores y predicadores cristianos, el mundo necesita comprender su necesidad de un Salvador, ya que el ser humano es culpable de pecado (Ro. 3:23) y vive bajo su poder (Ef. 2:1-3), e incluso se deleita en la desobediencia al Señor (Jn. 3:19). A pesar de esto, el Dios de la Biblia es un Dios que se deleita en mostrar su misericordia y perdón a los pecadores (Miq. 7:18) y ha fijado un plan de salvación por medio de su Hijo (Hch. 4:12), entregándolo por nuestros pecados y resucitándolo con poder para nuestra justificación (Ro. 4:25). Ahora, aquellos que están en Cristo disfrutan de una relación con Dios en la que son adoptados a su familia espiritual como hijos (Jn. 1:12; Ef. 2:19).
Cuarto, Dios es trino; en la Divinidad hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y la obra de la salvación es una en la que las tres actúan juntas: el Padre propone la redención, el Hijo la lleva a cabo y el Espíritu la aplica.5
La doctrina de la Trinidad es, quizás, la doctrina que distingue al cristianismo de otras religiones. Aunque es todo un misterio y una verdad imposible de comprender en su totalidad por la mente humana, el Dios cristiano existe eternamente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo Dios en tres personas, y tres personas en un solo Dios, “sin confundir las personas, ni dividir la sustancia”, como dice el Credo de Atanasio.6 Esta verdad está claramente enseñada en las Escrituras; el testimonio bíblico es tanto en conjunto (Mt. 28:19; 2 Cor. 13:14; 1 Pe. 1:2) como por separado: el Padre es Dios (1 Cor. 8:6), el Hijo es Dios (Jn. 1:1, 14), el Espíritu Santo es Dios (1 Cor. 3:16). Y los tres cumplen una función en la economía de la redención (Ef. 1:3-14).
Quinto, la piedad consiste en responder a la revelación de Dios con confianza y obediencia, fe y adoración, oración y alabanza, sumisión y servicio. La vida debe contemplarse y vivirse a la luz de la Palabra de Dios. Esto, y nada más, es la verdadera religión.7
Nosotros no inventamos la manera de adorar a Dios ni establecemos el control de calidad de la misma. Nuestra adoración debe ser una respuesta a la revelación divina, pues es Dios quien nos revela la muchedumbre de su grandeza y nos dice que nuestra adoración debe ser conforme a esa muchedumbre de su grandeza (Sal. 150:2). Nuestra respuesta a su revelación no es un asunto meramente intelectual o un simple trámite desprovisto de toda emoción. Las emociones e intuiciones humanas no son la fuente ni la base para la verdadera adoración, sino al contrario, pueden ser elementos que pongan en riesgo nuestra práctica de la piedad y provocar la ira de Dios (). Por tanto, la verdadera religión debe ser una respuesta obediente a la revelación de Dios, entendiendo las Sagradas Escrituras como nuestra máxima autoridad, tanto para nuestra fe como para nuestra práctica (2 Ti. 3:14-17).
Espero que estas verdades guíen tu viaje hacia el conocimiento de Dios.
Packer, J.I. Knowing God (English Edition) (p. 8). Kindle Edition.
Packer, J.I. Knowing God (English Edition) (p. 18). Kindle Edition.
Packer, J.I. Knowing God (English Edition) (p. 18). Kindle Edition.
Packer, J.I. Knowing God (English Edition) (p. 18). Kindle Edition.
Packer, J.I. Knowing God (English Edition) (p. 18). Kindle Edition.
Packer, J.I. Knowing God (English Edition) (p. 18). Kindle Edition.



