Vivir con Esperanza en Tiempos de Crisis
El 13 de enero del año 2001, a las 11:33 de la mañana aproximadamente, un terremoto de 7.7 grados sacudió mi país, El Salvador. Más de 900 personas murieron. Más de 100,000 viviendas fueron dañadas o destruidas. Y colonias enteras quedaron en ruinas.
En cuestión de minutos, lo que parecía firme dejó de serlo. Las casas colapsaron. Las montañas se deslizaron. Las carreteras se partieron y quedaron intransitables. Ese día, los salvadoreños aprendimos algo que nunca olvidaremos: incluso aquello que parece firme y estable puede estremecerse.
El Salmo 46 describe exactamente esa escena cuando declara: “Aunque la tierra sea removida”. Nos muestra que la Biblia no ignora el caos, sino que lo reconoce con claridad, y a la vez, nos enseña cómo enfrentarlo de manera adecuada.
Y es que no solo tiembla la tierra. También tiembla nuestra salud, nuestro matrimonio, nuestra estabilidad financiera, nuestro trabajo o incluso nuestra fe. Basta un diagnóstico precupante, una llamada en la madrugada o una crisis económica para que el mundo que conocíamos cambie por completo.
Y es entonces que surge la pregunta: ¿es posible vivir con esperanza en tiempos de crisis? El Salmo 46 responde que sí. Es posible, solo si entendemos estas tres verdades.
Dios es nuestro amparo
La primera verdad que el Salmo 46 nos enseña es que: Dios es nuestro amparo.
La palabra “amparo“ también puede traducirse como “refugio”. En el Antiguo Testamento se usa para describir a alguien que huye a Dios ante el peligro (Salmo 2:12) y que se esconde bajo sus alas (Salmo 91:4). No es una idea abstracta de refugio, sino una imagen de protección divina real.
Vivir con esperanza comienza con esta pregunta: ¿a dónde corro cuando tengo miedo? Muchos corren tras el dinero. Otros a sus conexiones y contactos. Otros, a su experiencia o capacidad de resolver. Pero cuando la vida se sale de control, ninguna de esas cosas puede ofrecer seguridad absoluta.
En mi país, cuando se aproxima una tormenta tropical, se habilitan albergues temporales con la indicación expresa de abandonar las zonas de peligro y hacer uso de los refugios. La tormenta no se detiene por el simple hecho de que exista un refugio, pero quienes entran en él están protegidos.
Así es la vida cristiana. Dios no siempre detiene la tormenta antes de que llegue a nuestra vida. Pero en Él estamos seguros aun cuando todo a nuestro alrededor se mueve.
Dios es nuestra fortaleza
La segunda verdad que nos enseña el Salmo 46 es que Dios es nuestra fortaleza.
No solo es el lugar seguro al que podemos correr para refugiarnos, sino la fuerza que nos mantiene firmes y nos permite seguir caminando. Si “amparo” habla de protección externa, “fortaleza” habla de poder interno. Y es que Dios no solo nos cubre; también nos sostiene.
Muchas veces oramos: “Señor, quita esta carga”. Pero a veces Dios no quita el peso de las dificultades. Lo que hace es fortalecer nuestros hombros para cargarlo con esperanza.
El salmista no dice que el pueblo tiene fortaleza en sí mismo. No se trata de fuerza de voluntad ni de persistencia. Dice que Dios es fortaleza para sus hijos. Y esa diferencia lo cambia todo. Si dependiera de nuestra estabilidad emocional, nos quebraríamos cuando las tormentas llegan a nuestra vida. Si dependiera de nuestra experiencia, flaquearíamos fácilmente. Pero cuando nuestra fortaleza es Dios mismo, la fuente no se agota. Podemos cansarnos, pero el Señor renueva nuestras fuerzas.
Isaías 40:31 promete que los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas. Y el apóstol Pablo entendió esta verdad cuando escuchó del Señor: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Es aquí cuando podemos entender que la gracia de Dios no siempre elimina la debilidad ni la adversidad, más bien nos capacita con su Espíritu para atravesarlas con el poder que solo proviene de él.
Dios es nuestro pronto auxilio
La tercera verdad del Salmo 46 es profundamente consoladora: Dios es nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
La palabra “tribulación” comunica la idea de estrechez, presión, momentos en los que sentimos que no hay espacio para respirar. Son esos días en los que decimos: “Estoy apretado”, “Estoy al límite”. Y el texto dice que allí, precisamente allí, Dios es ayuda oportuna.
No después de que la crisis termine. No cuando ya resolvimos el problema. No cuando seamos más fuertes. Es pronto auxilio ahora mismo. Hebreos 4:16 nos invita a acercarnos confiadamente al trono de la gracia para hallar el oportuno socorro que necesitamos. Y es que en Cristo tenemos acceso inmediato a Dios en cualquier momento que lo necesitemos.
Es una práctica muy común en los hospitales públicos de mi país que, cuando un enfermo necesita atención, le dejen una cita para dentro de varios meses. Nuestro Señor no es así. Él no nos da citas para dentro de seis meses. No nos dice: “Vuelve cuando estés mejor”. Nos dice: “Ven ahora con tus tribulaciones y encuentra un verdadero socorro en mí”.
Por tanto, no temeremos
El resultado de estas tres verdades es claro: “Por tanto, no temeremos…”. Para la mente hebrea, la tierra y los montes eran símbolos de estabilidad. El mar representaba el caos. El salmista está diciendo: aunque lo más estable colapse y el caos nos rodee, no temeremos. Eso es vivir con esperanza, pase lo que pase.
Quizá hoy estás experimentando tu propio “terremoto”. Tal vez tus cimientos han sido removidos. Tal vez aquello que te daba seguridad fue sacudido. Tal vez tu mundo cambió de manera dolorosa.
Pero el mensaje del Salmo 46 sigue siendo el mismo:
Corre al Señor, porque Él es tu amparo.
Pídele que te fortalezca, porque Él es tu fortaleza.
Acércate a su trono, porque Él es tu pronto auxilio.
Cuando Dios es el centro de tu vida, la esperanza no depende de la estabilidad del mundo, sino de la inmutabilidad de tu Señor. Y cuando esa es tu base, puedes vivir con esperanza, pase lo que pase.
Este artículo está basado en mis apuntes para el sermón “Vivamos con esperanza, pase lo que pase“, el cual prediqué el jueves 19 de febrero en mi iglesia local.


