3 Verdades del Evangelio para Cuando Has Fallado Espiritualmente
Hay una “resaca espiritual” muy particular que llega después de pecar. No hablo solo de la culpa que experimentamos, sino de esa incapacidad que nos mantiene en silencio, sin poder orar para confesar nuestros pecados y retomar nuestra comunión con Dios. Todos la hemos sufrido. No eres el único.
Tal vez perdiste la paciencia con tu familia, cediste ante una vieja tentación o simplemente dejaste que tu corazón se enfriara durante semanas. En esos momentos, el “instinto de Adán” se activa en nosotros: corremos a escondernos de la presencia del Señor. Asumimos que Dios está sorprendido, decepcionado y listo para condenarnos por nuestro pecado. Pero el Evangelio es precisamente buenas noticias para los que no tienen un historial perfecto que presentar delante del Juez perfecto.
Hoy quiero compartir contigo tres verdades que debes recordar cuando el peso de tu fracaso te impida mirar al cielo y pedir perdón al Señor.
1. Que la unión con Cristo alimente tu comunión con Él
Es vital que aprendas a distinguir entre estas dos palabras: comunión y unión. Cuando fallas, tu comunión con Dios sufre las consecuencias de tu pecado. Sientes tristeza, una especie de barrera relacional entre tú y él, e incluso pierdes el gozo de la salvación. Te sientes como un hijo que ha desobedecido a su padre. Ya sabes… La atmósfera en la casa es tensa y no hay una conversación fluida cuando eso sucede.
Pero debes recordar que tu unión con Cristo es inquebrantable. Tu estatus delante de Dios no depende de tu desempeño de esta mañana, sino de la justicia de Cristo que te fue imputada para siempre el día que creíste en él como Señor y Salvador (Ro. 5:1). No eres un empleado que puede ser despedido por bajo rendimiento. Más bien, eres un hijo adoptado legal y eternamente que puede ser perdonado sin convertirse en un jornalero de bajo rango (Lc. 15:19).
No olvides que nada puede separarte del amor de Cristo; mira las hermosas palabras del apóstol Pablo a los romanos:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? [...] Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades... nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 8:35, 38-39).
Es cierto, el pecado mancha tu conciencia y afecta negativamente tu relación con el Señor. Pero hay algo que el pecado no puede hacer: el pecado jamás podrá anular la adopción que Dios te ha otorgado en Cristo. Así que, si has fallado, puedes acercarte a Dios con confianza, creyendo firmemente que estás unido a Cristo y que esa unión es indestructible.
2. No dejes que tu acusador silencie a tu Defensor
Cuando pecas, más o menos esta es la escena espiritual: Estás en el banquillo del acusado en un tribunal. Sabes que eres culpable. Tu acusador (Satanás, quien es el “acusador de los hermanos”) se levanta y toma la palabra. Y en realidad, no tiene que mentir para acusarte. Simplemente dice: “Mira lo que hizo. Mira sus pensamientos. ¿Y este se hace llamar cristiano?” Y tiene razón. Eres culpable. Mereces un castigo terrible porque has ofendido a la Persona más importante del universo.
Si intentas defenderte solo, prometiendo que “no lo volverás a hacer” o mostrando tus buenas obras pasadas, perderás el caso. Pero la buena noticia no es que seas inocente o que es imposible que hayas pecado. La gran noticia es que tienes un Abogado que no ha perdido ni un solo caso. Él ha pagado por tu condena y ahora te defiende.
“Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1)
Nota que Jesús no argumenta que eres inocente. Él argumenta que el castigo para tu culpa ya se cumplió. Él presenta sus heridas como evidencia. La justicia de Dios no exige que se pague dos veces por el mismo pecado, ni tampoco puede simplemente hacer caso omiso de tus pecados. Cristo ya pagó, así tú eres libre.
Por esta razón, cuando te sientas condenado, no discutas con tu conciencia ni te hundas en la culpabilidad que te acusa. Piensa en Cristo, y recuerda que es tu Abogado.
3. Si Dios te amó siendo su enemigo, no te dejará ahora que eres su hijo amado
A menudo se dice que la salvación es por gracia, pero que mantenerse en la fe depende de nuestro esfuerzo. Escuché a un pastor decir que Jesús había pagado por nuestros pecados cometidos antes del momento de nuestra conversión, pero los pecados después de ese momento corren por nuestra cuenta. Qué miedo.
Y cuando esa es nuestra manera de ver las cosas, tememos que Dios finalmente se harte y nos abandone a nuestra suerte cuando fallamos. Más aún si fallamos constantemente. Pero Pablo usa una lógica aplastante en Romanos 5 para destruir este miedo. El argumento es “de lo mayor a lo menor”:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” (Romanos 5:10).
Piénsalo de esta manera. Cuando eras un enemigo, rebelde y sin ningún interés en Él, Dios entregó lo más valioso que tenía para rescatarte. Ahora que eres Su hijo, aunque seas un hijo que tropieza, ¿crees que te dejará a mitad del camino? Si Él hizo lo más difícil (morir por ti cuando lo odiabas), ciertamente hará lo “más fácil” (sostenerte y restaurarte ahora que lo amas imperfectamente). Dios está más comprometido con tu santificación que tú mismo. Él no empezó esta obra en ti para dejarla inconclusa (Fil. 1:6).
Conclusión
Así que, cuando falles, no intentes “limpiarte” antes de volver a Dios. Muchas personas dicen: Debo perdonarme a mí mismo antes de que Dios me perdone. Eso te hundirá en una culpabilidad eterna. Otros dicen: Debo arreglar mi vida antes de que Dios me restaure. Eso es simplemente imposible. La sangre de Cristo es el único remedio para tus pecados. Sé que el fracaso espiritual es doloroso, pero es un recordatorio severo de que no podemos vivir ni un segundo independientes de la gracia de nuestro gran Dios. Así que, si has fallado al Señor o te has alejado de Él, levántate. No porque seas fuerte, sino porque tu Salvador es fiel.


