¿Quién dice Dios que soy yo? La identidad cristiana ante la incertidumbre
Este artículo está basado en el material de estudio que preparé para los jóvenes de mi iglesia local durante la serie Mi Lugar Seguro. Si quieres escuchar los sermones de esta serie, puedes ir aquí.
Si tuvieras que rellenar tu biografía de Instagram hoy mismo, ¿cuáles serían las tres palabras que usarías para definir quién eres?
En la actualidad, esa simple pregunta puede generar una profunda ansiedad en muchos jóvenes. Nuestros tiempos nos exigen ser los “arquitectos de nuestro propio destino”. Pero cuando nos detenemos a pensar con honestidad, surge una pregunta más profunda, silenciosa y aterradora: “Si la gente supiera realmente mis fracasos, mis dudas o mis luchas secretas, ¿me seguirían aceptando o mi imagen se derrumbaría?” Y más aún: “Si mañana perdieras tu empleo, reprobaras tu carrera o terminaras tu relación de noviazgo, ¿quién sería la persona que quede después de eso? ¿Seguirías siendo tú?”
Sé bien que muchos de nosotros no podemos imaginar ninguna de esas cosas pasando en nuestra vida. Hemos anclado nuestra identidad a lo que hacemos, lo que logramos, lo que creemos que somos. Pero el evangelio te enseña que tu verdadera identidad no es un estatus que construyes con tus logros, sino una realidad que recibes por gracia, al estar unido a Cristo.
La trampa de la “identidad líquida”
La cultura occidental moderna nos vende la idea de que la identidad es algo que debemos crear, sostener y proyectar nosotros mismos. Somos como escultores y esculturas al mismo tiempo, porque la forma que tome nuestra vida depende enteramente de nosotros mismos. El sociólogo Zygmunt Bauman llamó a esto la “modernidad líquida”, donde las identidades ya no son fijas, sino fluidas, dependientes del individuo y cambiantes. Esto genera una presión constante por reinventarnos para ser relevantes.
Y esta presión tiene consecuencias reales y medibles:
La epidemia de la comparación: De acuerdo con Jonathan Haidt en The Anxious Generation (2024), el uso intensivo de redes sociales ha disparado la ansiedad y depresión en la Generación Z. Nuestra identidad se ha vuelto “performativa”, es decir, creemos que somos lo que mostramos en nuestras redes sociales. Por tanto, vivimos con la carga y preocupación constante por tener algo “relevante“ para mostrar en las redes.
El agotamiento por el éxito: Una encuesta de Gallup (2022) indica que los trabajadores jóvenes reportan tasas altísimas de burnout (agotamiento); esto parece indicar que muchas personas buscan su validación en el rendimiento laboral, el cual es una base que nunca será un cimiento estable para construir una identidad sólida.
También vemos esto reflejado en el día a día. Podemos pensar en el escéptico que cree que su identidad es lo que siente cada mañana, viviendo bajo la ansiedad crónica de un “yo” inestable. También podemos pensar en la persona herida que basó su valor en ser el estudiante perfecto o el mejor empleado, y al fallar, siente que ha perdido su valor y el favor de Dios. E incluso está el creyente confundido, que sirve incansablemente pero se deprime si no recibe reconocimiento de las personas de su iglesia, anclando su identidad de “hijo de Dios” a la notoriedad de su servicio.
Pertenecer a Cristo es tu identidad verdadera
El antídoto para esta crisis de identidad no es el moralismo terapéutico. No se trata simplemente de “creértela más” o subir tu autoestima. No se trata de una fuerza de voluntad que te lleva a ir al gym sin parar para esculpir los cimientos de una vida satisfactoria. El valor de tu identidad radica en lo que Dios dice que eres, no en tu esfuerzo personal para formarte a ti mismo.
Los cristianos han respondido históricamente qué es lo más importante sobre nosotros mismos. Por ejemplo, lo formularon de esta manera en la pregunta 1 del Catecismo de Heidelberg:
¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?
Que no me pertenezco a mí mismo, sino que pertenezco, en cuerpo y alma, en la vida y en la muerte, a mi fiel Salvador, Jesucristo.
¿Te das cuenta de que el único consuelo en la vida y en la muerte no es cuántas riquezas amasaste, cuán productivo fuiste en tu vida, cuán notoria fue tu imagen para con los demás? Lo único que valdrá la pena al final de tu vida y, por ende, lo único que debería valer la pena ahora es que perteneces a Jesús, porque él te compró con su sangre.
Cuando comprendes eso, el rasgo más importante y esencial de tu identidad viene a ser el hecho de que eres hijo de Dios. El nuevo testamento está lleno de llamados a considerar nuestra identidad según Dios y no según nosotros mismos:
Según Gálatas 2:20, el “yo” que tenía que rendir al máximo para ser aceptado murió en la cruz junto con Cristo; por tanto, ahora no mejoramos nuestro viejo ser, sino que recibimos uno nuevo, el cual es la vida de Cristo en nosotros.
Según Colosenses 3:3, nuestra verdadera vida está “escondida con Cristo en Dios”. No está expuesta a los likes o a la opinión pública, sino en la bóveda de seguridad de Dios.
Según 1 Juan 3:1, somos “llamados hijos de Dios”; no somos empleados. Un empleado puede ser despedido por bajo rendimiento, pero un hijo nunca deja de serlo y siempre contará con el amor del padre de familia.
Para entender esto, imagina la diferencia entre un currículum y un testamento. El mundo te pide un currículum, es decir, una lista exhaustiva de tus méritos y logros para evaluar si “calificas” para ser aceptado por Dios. Por otro lado, el Evangelio es un testamento que declara que alguien más (Jesús) murió y te dejó una herencia (su justicia, su nombre, su estatus) que no ganaste, pero que te pertenece legalmente.
Así, pues, la vida cristiana consiste en dejar de pulir nuestro currículum y vivir con base a la herencia que nos ha sido acreditada por el testamento del evangelio.
Tu identidad el lunes por la mañana
Esta verdad sobre la identidad de los cristianos transforma profundamente nuestra realidad diaria como jóvenes cristianos:
En la universidad: Ya no necesitas notas perfectas para justificar tu existencia. Puedes estudiar con excelencia para la gloria de Dios y no por el pánico a fracasar. Y si fallas, sé que te dolerá, pero no te destruirá, porque lo más importante acerca de ti es que eres un hijo de Dios. Y ojo: si entiendes esto correctamente, no irás al extremo de ser un estudiante descuidado, sino que tendrás un impulso verdadero para hacer todas las cosas con excelencia.
En el trabajo: Te liberas de la esclavitud de una imagen basada en el desempeño laboral. Aunque sigues siendo excepcionalmente productivo, ya no vives desde el temor de ser descalificado, sino que eres libre para admitir tus errores con humildad, porque tu dignidad no está en juego ni depende de tu productividad. Ahora puedes trabajar con la seguridad de la aceptación que Dios ya te dio en Cristo, no para ganar Su aceptación ni la del mundo que te rodea.
En las relaciones: Dejas de exigirle a tu pareja o amigos que te den el sentido de valor que solo Dios puede darte. Ahora ya no usas a las personas como espejos para validar qué tan importante eres, sino que empiezas a amarlos sacrificialmente, tal como Cristo te ha amado.
Espero que este artículo te lleve a considerar tu identidad como hijo de Dios en Cristo y a vivir con base a esa identidad en tu día a día.
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. (1 Juan 3:2)



