El hombre sabio no dice todo lo que piensa
No te guardes nada. Sé auténtico. Dilo como lo piensas. Di las cosas de frente. Esas son cosas que nuestra cultura celebra y valora. Y para muchos, expresar todo lo que pasa por la mente se ha convertido en una virtud. Pero ¿es esa una marca de una persona sabia? La Biblia presentan una perspectiva muy diferente. Enseña que hablar con sinceridad no significa decir todo lo que piensas. De hecho, una de las evidencias de que eres sabio es saber cuándo hablar, cómo hablar y cuándo guardar silencio.
Por ejemplo, el libro de Proverbios enseña:
“Cuando hay muchas palabras, la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente.” (Proverbios 10:19)
La Nueva Traducción Viviente me gusta mucho por su claridad:
“Hablar demasiado conduce al pecado. Sé prudente y mantén la boca cerrada.”
El necio siente la necesidad de expresar todo lo que piensa. Cree que cada opinión merece ser escuchada y cada emoción debe ser comunicada. Pero el hombre sabio comprende que las palabras tienen peso. Por eso aprende a dominar su lengua antes de abrir la boca.
Esto no significa que debamos callar cuando la verdad está en juego. La Biblia nos manda hablar con honestidad y exhortarnos unos a otros cuando sea necesario. Sin embargo, existe una gran diferencia entre hablar la verdad con amor y simplemente descargar todo lo que pasa por nuestra mente. Debemos comprender que no toda palabra verdadera necesita ser dicha en todo momento, ni de cualquier manera. Y esta es una tentación que sufrimos en la actualidad, ya que pensamos que debemos hacer públicas nuestras opiniones sobre cualquier tema en las redes sociales.
Por eso me gusta mucho cómo Santiago dedica buena parte de su carta a advertir sobre el poder de la lengua y la prudencia que deberíamos tener al usarla. Por ejemplo, con unas pocas palabras puedes animar a una persona o herirla profundamente. Con unas pocas palabras puedes traer paz a una conversación o encender un conflicto innecesario. Por eso es tan pertinente la enseñanza de Santiago 1:19:
“Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar y tardo para la ira.”
Creo que todos nos beneficiaríamos de siempre hacer una breve pausa antes de hablar, y preguntarnos si lo que estamos a punto de decir es verdadero. Y más aun, preguntarnos si es necesario, oportuno y edificante. Con el paso del tiempo, nos daremos cuenta de que muchas discusiones, ofensas y arrepentimientos podrían evitarse si aprendiéramos a guardar silencio unos segundos más y pensar lo que vamos a decir.
Y aquí se me ocurre una frase que puedes compartir en tus redes (jaja):
En lugar de decir todo lo que piensas, piensa todo lo que dices.
Después de todo, el dominio propio también se manifiesta en cómo hablamos. Más aun cuando entendemos que nuestras palabras revelan el estado de nuestro corazón.
Así que, la próxima vez que sientas el impulso de decir todo lo que piensas, recuerda que la sabiduría no consiste en hablar más, sino en hablar mejor. El hombre verdaderamente sabio no es el que siempre tiene algo que decir, sino el que ha aprendido que, muchas veces, honrar a Dios comienza por refrenar nuestros labios.



