Si Dios es bueno y soberano, ¿por qué hay tanto mal en el mundo?
Los cristianos a veces sentimos que hay dudas que es mejor no mencionar en público, como si cuestionar las cosas difíciles ofendiera a Dios. En parte, pensamos así porque así nos han enseñado. Hemos aprendido que si dudamos o si tenemos preguntas difíciles, es porque no tenemos una fe madura y sólida. Como resultado, cuando las dudas y preguntas llegan a nuestra vida, decidimos guardar silencio para no enfrentar el juicio de nuestros hermanos.
Esto hace que el cristianismo parezca una religión que no tiene respuestas a nuestras dudas más profundas y, por tanto, no tiene una verdadera utilidad para el mundo en que vivimos. La buena noticia es que el Dios de la Biblia no se asusta ante nuestras preguntas difíciles. Su Palabra es una lámpara que guía nuestros pies y una luz que alumbra nuestro camino (Salmo 119:105). Su Palabra es “útil para la enseñanza, para la reprensión, para la corrección, para la instrucción en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente capacitado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). La Palabra de Dios responde nuestras preguntas de hoy con verdades eternas. Y es por eso que nuestra nueva serie de artículos Preguntas Prohibidas busca responder a cinco de esas dudas comunes que tienen los cristianos en algún momento de sus vidas. No lo haremos para alimentar la curiosidad de algunos pocos, sino para edificar nuestras vidas en la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23-25).
Hoy vamos a enfrentar uno de los mayores obstáculos para la fe de muchos cristianos, especialmente los jóvenes: el problema del dolor y el mal. El mundo constantemente nos dice que si Dios fuera verdaderamente todopoderoso y bueno, el sufrimiento no existiría. Y como el sufrimiento existe, concluyen que Dios no es real o que no le importamos. Pero el profeta Habacuc también luchó con esa tensión. Él veía violencia, injusticia, corrupción y sufrimiento por todos lados, y no entendía cómo Dios, siendo un Dios puro y santo, podía permitir la existencia del mal y el pecado.
Mira las palabras de Habacuc dirigiéndose a Dios:
Eres demasiado limpio como para mirar el mal; tú no puedes ver el agravio. ¿Por qué, pues, contemplas a los traidores y callas cuando el impío destruye al más justo que él? (Habacuc 1:13)
No pierdas de vista que Habacuc es un profeta, no un incrédulo. Habacuc entiende que el Señor es un Dios tan santo que no puede mirar ni convivir con el pecado. Entiende que el Señor castiga y destruye a los malos. Al mismo tiempo, su fe lucha con la confusión al ver que el Señor parece no hacer nada ante el mal y las injusticias que suceden en el mundo. Y esa sigue siendo una de las preguntas más difíciles para nuestra generación:
¿Por qué existe el sufrimiento?
¿Por qué Dios permite la injusticia?
¿Por qué las personas buenas sufren?
¿Por qué Dios parece guardar silencio a veces?
En resumen, ¿por qué si Dios es tan bueno y todopoderoso no hace nada ante el mal y el sufrimiento en el mundo? Para responder esto, debemos abordar al menos cuatro verdades bíblicas esenciales.
VERDAD 1: Dios creó un universo perfecto
Génesis 1:31: “Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno…”
Para entender el problema del mal desde una perspectiva bíblica, es indispensable comenzar por el principio, por donde comienza la Biblia. Cuando el Señor terminó su obra creadora, vio todo lo que había hecho y era “muy bueno” o “bueno en gran manera”. No perdamos de vista que quien evalúa la obra como muy buena no es un ser humano imperfecto que califica las cosas como excelente, muy bueno, bueno, regular. Que Dios diga que el universo que acaba de crear es muy bueno no es una evaluación de segunda categoría. Dios está diciendo que su mundo es perfecto; funciona como debe funcionar; no existe el mal.
De esto aprendemos que Dios no es el autor del pecado ni diseñó un mundo defectuoso. El universo original reflejaba la santidad, el orden y la perfección de su Creador. No existía la enfermedad, la muerte, la injusticia, el luto ni la traición. Todo lo que Dios hizo fue “bueno en gran manera”, y la humanidad disfrutaba de una comunión plena con Él.
El mal, entonces, es una corrupción de lo que originalmente era puro. Es fundamental establecer esta verdad: el sufrimiento no es parte del diseño original de Dios. El dolor que experimentamos y vemos a nuestro alrededor es un intruso en la buena creación de Dios. Si queremos culpar a alguien por el estado actual del mundo, no podemos mirar al cielo y señalar al Creador.
VERDAD 2: El mal es la consecuencia directa de nuestra rebelión
Eclesiastés 7:29: “Lo único que he encontrado es que Dios hizo perfecto al género humano, pero éste se ha buscado demasiados problemas.”
Si prestas atención a lo que dice este texto, verás que no ha sido Dios el que nos ha metido en problemas. Hemos sido nosotros mismos. Dios creó al ser humano con la capacidad de amarlo y obedecerlo libremente. Sin embargo, cuando la humanidad libremente decidió rebelarse contra el señorío de Dios, no solo cometimos un error moral, sino que le dimos la espalda a la fuente misma de la vida y de todo lo bueno. Como resultado, el pecado trajo las consecuencias naturales que vienen de apartarse de la fuente de vida (muerte) y todo lo bueno (toda clase de males).
Romanos 5:12: “Por esta razón, así como el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre, y la muerte por medio del pecado, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Las enfermedades, las catástrofes naturales, la crueldad humana y la muerte no son accidentes sin sentido ni razón. Mucho menos son males que Dios ha causado. Más bien, son el reflejo de un mundo que gime bajo la maldición porque nosotros mismos hemos decidido romper las reglas de Dios. Cada injusticia que presenciamos es un eco de esa primera rebelión. El mundo está roto porque nosotros estamos rotos, y nuestra naturaleza pecaminosa nos hace incapaces de reparar el daño que hemos causado. Por eso, cuando exigimos que Dios nos dé un mundo perfecto, y al mismo tiempo queremos ser libres de sus reglas y vivir como queremos, estamos intentando algo imposible. No podemos vivir en lo malo y esperar que nos vengan cosas buenas.
VERDAD 3: Dios no es indiferente ni incapaz frente al mal
Salmos 5:4: Porque tú no eres un Dios que se complace en la perversidad; la maldad no habitará junto a ti.
Una de las objeciones más comunes contra la fe cristiana es que, si el mal existe, Dios no puede ser bueno. Y si Él es bueno, y aún así el mal existe, Dios es incapaz frente al mal. Otros incluso pensarán que el mal que sucede en el mundo le agrada a Dios y por eso no hace nada para destruirlo, convirtiendo así a Dios en alguien malo. Ninguna de estas afirmaciones tiene base bíblica. La Biblia afirma claramente que Dios no se complace en la maldad y que nada que tenga maldad o pecado puede habitar junto a él. Un Dios santo y bueno y un mundo pecador y malo no pueden coexistir sin antes haber reconciliación. Y Dios ha efectuado la reconciliación mediante su Hijo.
Colosenses 1:19-20: Agradó al Padre que en [Su Hijo] habitara toda plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo mismo todas las cosas, tanto sobre la tierra como en los cielos, habiendo hecho la paz mediante la sangre de su cruz.
El evangelio no se trata de un Dios apático que mira con indiferencia el sufrimiento de los seres humanos. Tampoco se trata de un Dios al que se le han salido las cosas de control y no puede hacer nada para solucionarlas. El evangelio proclama que Dios ha decidido reconciliar todas las cosas consigo mismo por medio del sacrificio de su Hijo y que, a través de esto, ha comenzado su obra de renovar todas las cosas. Cuando la gente pregunta con duda genuina o enojo infundado: “¿Qué está haciendo Dios frente a mi dolor?”, la respuesta divina es que, en la cruz, Dios nos ha provisto la solución definitiva al problema del mal y el sufrimiento en el mundo. El Hijo de Dios se encarnó y entró en nuestra miseria. Experimentó el rechazo, la injusticia y el dolor físico más atroz para rescatarnos. Por tanto, Dios no es indiferente ni incapaz frente al mal. Ha actuado y ha vencido al mal.
Pero aun sabiendo esto, la pregunta sigue siendo: Si Dios ha actuado y ha vencido al mal, ¿por qué hay tanto mal en el mundo? Esto nos lleva a nuestra cuarta verdad.
Verdad 4: La aparente inacción de Dios es una muestra de su gracia
Lamentaciones 5:22-23: Por la bondad del SEÑOR es que no somos consumidos, porque nunca decaen sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.
La gente exige justicia inmediata contra la maldad ajena. Queremos que Dios elimine a todos los corruptos, mentirosos y violentos hoy mismo. Pero la Biblia nos confronta con la realidad incómoda de que no hay ni un solo justo porque todos hemos pecado (Romanos 3:10-12). En consecuencia, si el Dios tres veces santo decidiera limpiar el universo de toda maldad a la medianoche de hoy, ¿quién de nosotros seguiría vivo mañana por la mañana?
La pregunta que debería asombrarnos no es por qué le pasan cosas malas a la gente buena, sino por qué a pecadores como nosotros Dios nos permite disfrutar de un día más de vida. A esto le llamamos la gracia común de Dios. Su paciencia frente al mal no significa indiferencia ni impotencia; significa que está reteniendo el juicio final para darnos tiempo de arrepentirnos y aferrarnos a Cristo. Cada latido de tu corazón hoy es una prueba contundente de que Dios te está extendiendo misericordia.
2 Pedro 3:9: El Señor no tarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza; más bien, es paciente para con ustedes porque no quiere que nadie se pierda sino que todos procedan al arrepentimiento.
Según el apóstol Pedro, el Señor ha prometido destruir todas las cosas y hacerlas nuevas para limpiarlas de la maldad y el pecado. Pero si todavía no lo ha hecho, no es por ser indiferente o impotente. Lo hace porque es misericordioso y paciente, esperando que las personas se arrepientan de sus pecados y encuentren salvación en Cristo. Es por esa misericordia de Dios que el mundo todavía no ha sido consumido. Esa misericordia que Dios nos da cada mañana tiene el propósito de llamar nuestra atención al hecho de que él está esperando y sabe cuándo llevará a cabo la destrucción final de los malvados y la restauración de todas las cosas.
El llamado para los cristianos es vivir aferrados a la esperanza de que Dios hará nuevas todas las cosas un día y creará el mundo perfecto nuevamente. Con estas palabras de esperanza es que el Señor anuncia su nueva creación:
Apocalipsis 21:3-5: Oí una gran voz que procedía del trono diciendo: “He aquí el tabernáculo de Dios está con los hombres, y él habitará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. No habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron”. El que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí yo hago nuevas todas las cosas”.
Cuando vemos las cosas desde esta perspectiva, nos damos cuenta de que el mal tiene los días contados. Un día, Jesús regresará como el Rey supremo. En ese momento, toda injusticia será juzgada, y la creación será restaurada a su diseño original. Nuestro mayor consuelo no es tener una explicación para cada lágrima derramada de este lado de la eternidad, sino saber que nuestra vida está sostenida por el Dios que nos amó hasta la muerte y que gobierna el universo con sabiduría perfecta.
Querido lector:
Al ver el sufrimiento y el mal que abundan en el mundo, es natural sentir tristeza. Sin embargo, recuerda que este dolor no refleja el diseño original de Dios, sino que es la consecuencia de vivir en un mundo quebrantado que se ha alejado de Su voluntad. Pero la gran promesa del Evangelio es que el mal no tiene la última palabra.
Dios es infinitamente bueno y compasivo. Y si aún no ha erradicado el mal por completo, no es por indiferencia, sino por su inmensa gracia. En su paciencia, Él está dando tiempo para que más personas escuchen su llamado, se arrepientan y pongan su fe en Jesucristo. Tenemos la seguridad de que Cristo, quien ya venció en la cruz, volverá un día para hacer todas las cosas nuevas y sanar por completo nuestro mundo.
Por lo tanto, no cedas ante la desesperanza. Acércate al Señor; Él entiende tus luchas, te dará la fortaleza que necesitas y te sostendrá en medio de las adversidades que hoy enfrentas. Anímate a vivir para Cristo y descansa en su amor, tanto en los días de gozo como en los tiempos de prueba.

