Cómo Tener un Día Consagrado a Dios
La Práctica Diaria de la Piedad (Richard Alleine)
Aquí hay 18 consejos para tener un día consagrado a Dios, que encontré en el corto librito de Richard Alleine “The Christians Daily Practice of Piety“ (La Práctica Diaria de la Piedad):
Asegúrate de poner a Dios, y las cosas de Dios, lo más cerca de tu corazón al despertar. Dios, el mundo y Satanás, con sus sugerencias, llaman para ser los primeros en entrar. Ábrele primero a Dios; si Satanás o el mundo han tomado posesión, échalos pronto, y que tu meditación en Dios sea dulce. Dedica tus primeros pensamientos a Él y a tu condición eterna, de quién serás cuando se abran las tumbas y resuciten los muertos. Piensa también que estás una noche más cerca del cielo o del infierno; resuélvete a hacer algo por tu salvación ese día, mortificando algún pecado y acercándote más a Cristo.
Antes de entretenerte con el mundo, acércate más solemnemente a Dios. Eleva tu corazón hacia Él, primero en acción de gracias por la bendición del descanso, tu vida renovada y tus fuerzas; luego derrama tu alma en súplica para que Su gracia te capacite en tus deberes, para resistir las tentaciones y ser guardado de los males de ese día. Extiéndete según lo permitan el tiempo y el lugar, y lee también alguna porción de las Escrituras si puedes.
Después de haber estado con Dios, pon una guardia sobre tu corazón y mantenlo vigilado. Que tu corazón no se aleje demasiado de Dios ese día por enfocarse excesivamente en las criaturas y en tu profesión; mantén tu mente celestial y cerca de Dios, esforzándote cada hora por mantener el dulce sabor de Dios en tu alma que tuviste en tu contemplación y deber matutino, no sea que tu mente y afecto se apeguen al mundo y pases ese día sin Dios.
Una vez establecida la guardia, entrégate a tu ocupación legítima con diligencia y buena voluntad. Realiza el trabajo de cada hora como para el Señor. No vivas sin una ocupación, ni seas ocioso en ella. Ejerce tanto cuidado como requiera la importancia de la labor; haz conciencia de pasar bien el día. Considera una hora malgastada como un pecado no menor.
Cuando estés en tu ocupación, evita toda causa justa de ofensa a Dios y al hombre, tanto en palabra como en obra. No provoques a Dios a ira, ni a los que viven cerca de ti. No corrompas a nadie con un comportamiento lascivo; no dañes a nadie con tratos injustos; sé cortés, pacífico e inofensivo. No te ofendas fácilmente; sé paciente, sufrido, olvidando y perdonando, así como Dios por amor a Cristo te perdona a ti.
Reserva un tiempo solemne para orar en y con tu familia, al menos dos veces al día. Que esos momentos de oración sean cuando toda la familia pueda reunirse más convenientemente, y que nadie falte a menos que sea por enfermedad. Que el tiempo de la oración vespertina no se posponga demasiado tarde, para que el cuerpo no esté incapacitado para asistir animosamente al alma. A menudo, por el cansancio y la pesadez, se pierde el deber y se desagrada a Dios. En todos estos deberes sé sincero, ferviente, fiel y serio. Dedica también parte del día a la meditación sobre el pecado, Cristo, la muerte, el juicio y la vida venidera.
Sé cuidadoso durante todo el día con tu discurso. Deberás dar cuenta de cada palabra ociosa; por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado. Que todos tus discursos sean serios, santos, inofensivos y edificantes. Sopesa de antemano qué honra traerá tu conversación a Dios, qué bien a tu amigo, y qué bien o daño a tu propia alma. No uses bromas necias ni discursos de reproche burlones. No gastes muchas palabras al comprar y vender; aborrece toda mentira, chisme, historias vanas, canciones lascivas, y no maldigas ni jures, ni uses el nombre de Dios en vano. Que el tema de tu discurso sea sobre las cosas de Dios o sobre los trabajos necesarios de tu profesión. No hables mucho de los asuntos de otros hombres ni calumnies a nadie. Si hablas de sus pecados, que sea con dolor, para evitar tú mismo lo mismo; si hablas de su piedad, que sea para imitarlos. Recuerda que Dios está presente; Él escucha y escribe todo lo que dices.
Observa cada hora el trato providencial de Dios contigo o con otros. Si Dios se ha manifestado en alguna misericordia o juicio eminente, anótalo y recuerda alabarle, temerle y amarle por ello. Especialmente observa qué pecado te ha mostrado, qué indicios de Su amor y qué esperanzas de Su gloria. Escribe esto en un libro, pero principalmente en tu corazón, para apoyarte en tiempos de desierto y de muerte.
Ten cuidado todo el día con el rumbo de tus afectos. Serán propensos a establecerse en el mundo y el pecado, y a apartarse de Dios y del deber. Examínalos continuamente; pregúntate a menudo qué amas, qué temes, qué deseas, dónde estás y en qué te ocupas, y recupera tu alma si se ha alejado de Dios.
Ten cuidado de no soltar las riendas de las pasiones indisciplinadas. Si te enojas, no peques; sé fácil de aplacar de nuevo; no se ponga el sol sobre tu enojo. Aborrece el insulto, la difamación o el resentimiento; posee tu alma en tu paciencia.
Cuando encuentres que surgen tentaciones, asegúrate de enfrentar al tentador con la fuerza de Cristo. Usa mandatos, promesas o advertencias de las Escrituras que se ajusten a la naturaleza de la tentación para repelerla. No dejes que el tentador se acerque demasiado; si está dentro de ti, es probable que seas derrotado. Es más fácil mantener fuera a un enemigo que expulsarlo cuando ya ha entrado. Vigila al tentador sobre todo cuando intente atraerte hacia tus pecados habituales o de carácter.
Marca cada hora la venida y partida del Espíritu y atiende a sus mociones. Escucha lo que te dice; cuando sientas Su presencia de manera extraordinaria, examina tus virtudes, mortifica el pecado, aférrate de corazón a Dios y deleita tu alma en Él. Con ello, busca la seguridad de Su amor (pero sin omitir tu profesión); cuando sientas que el Espíritu se aleja, no dejes que se vaya muy lejos antes de clamar por Él. Quéjate prontamente ante Dios para que regrese.
Esfuérzate por añadir algo a cada virtud cada día de tu vida, y por quitar algo a tu pecado. Edifica diariamente tu conocimiento en la fe, el amor, el gozo y el temor; pon la reflexión como raíz de todas tus virtudes para avivarlas. Sé tan cuidadoso con las virtudes de tu alma como con los hijos de tu cuerpo, para que cada uno tenga su alimento a su debido tiempo. Aparta tu alma de todo pecado, pon el hacha a su raíz y córtalos cada hora.
Recurre frecuente y cada hora a la sangre de Cristo mediante actos de fe. Hazlo para obtener actos renovados de perdón por tus pecados renovados, y mantén abiertas las compuertas del arrepentimiento, que deben fluir a diario pues pecas a diario. Persuádete de que tu trabajo nunca termina hasta que tu vida termine. También apóyate frecuentemente en Cristo, extrayendo fuerza y ayuda de Él en cada empresa, haciéndolo tu todo en el punto de acceso al Padre y asistencia en todas tus obras y deberes legítimos.
Si caes en un pecado grave, no permanezcas mucho tiempo en él; acude a Cristo por ayuda. Aunque debas ir con vergüenza ante Dios a través de Cristo para pedir perdón, ve pronto y postrate ante el trono de la gracia hasta obtener algún sentido del favor de Dios y haber reparado la brecha que tus pecados abrieron; hasta que la extrañeza hacia Dios a causa de ese pecado sea removida de tu espíritu. Cuando estás herido, no es bueno estar mucho tiempo lejos del médico.
Sobre todo, ten cuidado de no caer en la costumbre de pecar. Si uno o dos actos pueden permitirse tras la iluminación de la gracia, no pienses que demasiados lo harán; sal pronto del camino del pecado; cuanto más cedas, más triste será tu caso y más difícil tu cura.
Haz o recibe el bien en todos los lugares a los que Dios te llame. Si estás entre tus superiores en gracia y conocimiento, aprende; si entre los que son más débiles, enséñales; no permitas que el pecado pase sin reproche, sino sé un monitor fiel y sabio para los que te rodean, y acepta tú mismo los reproches con amabilidad.
Al atardecer, realiza tu sacrificio vespertino de oración privada y secreta. Ofrece alabanzas por las gracias especiales, misericordias y muestras de amor recibidas ese día; luego entrégate a Dios y a Su protección, “besa a Su Hijo” y deja que repose entre tus brazos toda la noche; medita en Él en las vigilias nocturnas y descansa dulcemente en el Señor.



