¿Cómo Sabemos que Dios Existe? La Naturaleza y la Biblia Responden
¿Cómo sabemos que Dios existe? ¿Cómo puede una persona conocer a Dios? ¿Se puede conocer a Dios verdaderamente? Estas preguntas no son para nada nuevas. Han acompañado a la humanidad desde sus orígenes y continúan siendo relevantes en nuestros días. Algunos piensan que basta con observar el universo para llegar a la conclusión de que existe un Creador. Otros sostienen que solo podemos conocer a Dios por medio de la Biblia. Pero realmente, ¿cuál de estas posturas refleja mejor la enseñanza de las Escrituras?
Si leemos la Biblia, veremos que no nos obliga a elegir una opción y rechazar la otra. Sorprendentemente, veremos que Dios ha decidido revelarse de dos maneras complementarias. Por un lado, se da a conocer a través de la creación, de modo que todo ser humano puede reconocer que existe un Creador. Por otro, se revela de una manera mucho más clara y completa por medio de las Escrituras, donde descubrimos quién es Dios, cuál es su voluntad y cómo podemos ser reconciliados con Él por medio de Jesucristo.
Comprender esta diferencia nos ayuda no solo a responder preguntas sobre la existencia de Dios, sino también a valorar mucho más el privilegio de tener su Palabra escrita para entrar en comunión real con él.
La creación anuncia que Dios existe
El primer capítulo de Romanos contiene una de las afirmaciones más importantes sobre la existencia de Dios. El apóstol Pablo escribe que “desde la creación del mundo, Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que ellos no tienen excusa.” (Romanos 1:20 NBLA).
Creo que vale la pena detenernos en estas palabras. Notemos que Pablo no dice que la creación salva a las personas ni que revela todo lo que necesitamos saber acerca de Dios. Pero afirma que el mundo creado nos da suficiente testimonio de la existencia, el poder y la majestad de su Creador. Piénsalo detenidamente y notarás que el orden del universo, la complejidad de la vida y la armonía que observamos en la naturaleza no son accidentes simplemente. Todo lo contrario; funcionan como un testimonio constante de que existe un Dios eterno y poderoso.
Esta misma idea aparece en el Salmo 19:1, cuando David declara que “los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de Sus manos” (NBLA). Según el salmista, la creación no habla con palabras humanas audibles, y sin embargo, proclama continuamente la gloria de su Autor. Día tras día, noche tras noche, el universo da testimonio de Aquel que lo hizo.
El teólogo puritano Stephen Charnock desarrolló esta verdad. Según él, el mundo es como un libro abierto que declara la existencia de Dios, mientras que las Escrituras nos cuentan de la naturaleza de este Dios:
“Existe un conocimiento tanto natural como revelado, y el libro de las criaturas es legible a la hora de proclamar la existencia de Dios, al igual que lo son las Escrituras a la hora de proclamar la naturaleza de Dios…”1
Así que, cuando veas el cielo azul de un hermoso día o el firmamento de una noche estrellada, recuerda que no vivimos en un universo gobernado por el azar, sino creado y sostenido por un Ser infinitamente sabio.
La naturaleza habla de manera limitada
Retomando la cita de Charnock, el conocimiento que podemos obtener de Dios es “tanto natural como revelado”. Aquí encontramos una distinción fundamental. Aunque la creación revela que existe un Creador, no puede explicarnos su naturaleza ni su plan de redención. Por eso es que, al contemplar una montaña, podemos reconocer el poder de Dios, pero no descubrimos que Cristo murió por nuestros pecados. De la misma manera, al observar la inmensidad del cielo entendemos algo de su grandeza, pero no aprendemos cómo recibir el perdón de nuestros pecados.
Esto explica por qué Dios no solo nos dio la creación, sino también las Escrituras. Si la naturaleza fuera suficiente para conocer plenamente a Dios, la revelación escrita sería innecesaria. Sin embargo, la Biblia cumple un propósito que ninguna otra fuente puede cumplir: mostrarnos el carácter de Dios y anunciar el evangelio de Jesucristo.
El mismo Salmo 19 refleja esta progresión. Los primeros versículos describen la creación proclamando la gloria de Dios, pero a partir del versículo 7 el salmista dirige nuestra atención hacia la ley del Señor, la cual convierte el alma, hace sabio al sencillo y alegra el corazón. Con esto aprendemos que la revelación escrita lleva al creyente mucho más lejos de lo que la naturaleza puede hacerlo.
La naturaleza y la Biblia no compiten
Al entender que Dios se ha revelado tanto en la creación como en la Biblia, y que solo la Biblia nos cuenta de su carácter y plan de redención, podemos caer en una falsa disyuntiva entre la razón y la fe, como si el cristiano tuviera que escoger entre creer en la creación o creer en las Escrituras. Pero la Biblia nunca enseña ese conflicto. Después de todo, ambas revelaciones (general y especial) proceden del mismo Dios.
Basta retomar la idea de Charnock de que Dios nos ha dado dos libros: el libro de las criaturas y el libro de las Escrituras. Como ambos tienen el mismo Autor, jamás pueden contradecirse. La creación confirma la existencia de Dios, y la Biblia interpreta correctamente esa revelación y nos conduce al conocimiento salvador de Dios en Cristo.
Esto también explica por qué los profetas y los apóstoles apelaban con frecuencia a la creación como testigo del poder de Dios. Por ejemplo, cuando Pablo predicó en Listra, señaló las lluvias, las cosechas y la bondad de Dios manifestada en la naturaleza:
Señores, ¿por qué hacen estas cosas? Nosotros también somos hombres de igual naturaleza que ustedes, y les anunciamos el evangelio para que se vuelvan de estas cosas vanas a un Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que hay en ellos. En las generaciones pasadas Él permitió que todas las naciones[e] siguieran sus propios caminos; y sin embargo, no dejó de dar testimonio de Él mismo, haciendo bien y dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando sus corazones de sustento y de alegría». (Hechos 14:15-17 NBLA)
Y cuando escribió a los romanos, afirmó que la creación deja al ser humano sin excusa (Romanos 1:20). Así pues, naturaleza nunca reemplaza las Escrituras, pero tampoco es irrelevante. Ambas forman parte de la manera en que Dios ha decidido darse a conocer.
¿Por qué necesitamos las Escrituras?
Si la creación demuestra que Dios existe, alguien podría preguntarse por qué hace falta la Biblia. Y la respuesta es sencilla. Necesitamos las Escrituras porque conocer que existe un Creador no es lo mismo que conocer al Salvador. Muchas personas pueden llegar a la conclusión de que existe un Ser supremo observando el mundo que las rodea. Sin embargo, únicamente las Escrituras revelan que ese Dios es santo, que el hombre ha pecado contra Él y que envió a su Hijo para reconciliar consigo a todos los que creen en Su Nombre.
Aquí encontramos una diferencia enorme entre admirar a Dios como Creador y conocerlo como Padre. La primera puede alcanzarse mediante la revelación general. La segunda solo es posible porque Dios habló por medio de los profetas, de los apóstoles y, de manera suprema, por medio de Jesucristo. Por eso el apóstol Pablo afirma que “la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Romanos 10:17 NBLA). Es cierto que la creación puede despertar nuestras preguntas y cierto temor al Dios Creador, pero solo el evangelio proporciona la respuesta que el corazón humano necesita. O dicho de otra manera, la creación nos hace responsables de nuestro pecado, mientras que el evangelio nos convierte en hijos perdonados para siempre.
¿Qué significa esto para nosotros?
Por todos lados y en todo momento, vivimos rodeados de evidencias de la gloria de Dios. Cada amanecer, cada estrella y cada ser viviente nos recuerdan que el universo no surgió por sí mismo. Sin embargo, el mayor privilegio que tenemos como creyentes no consiste únicamente en contemplar la creación, sino en abrir las Escrituras y escuchar la voz de Aquel que las inspiró.
Esto también debería transformar nuestra manera de leer la Biblia. No acudimos a ella simplemente para obtener información religiosa. Leemos las Escrituras porque allí conocemos al Dios que la creación nos anuncia, pero que solo el evangelio nos revela plenamente. Solo en las páginas descubrimos claramente su santidad, su gracia, su misericordia y el maravilloso plan de redención que preparó desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:7-10).
Stephen Charnock. The Existence and Attributes of God. Monergism Books, 2020. PDF.


